Se trata de Nadine Flammarion, que ha intentado que el Hotel Arvor resulte un establecimiento nada ostentoso y a la vez muy parisino, y que a mí siempre me ha recordado a una especie de casa de muñecas. Lo he visitado en diversas estaciones: en verano, he disfrutado sobre todo tomando un aperitivo en su patio; y en invierno, he agradecido degustar una copa de vino rouge en su recoleto bar antes de salir a cenar.
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Un aperitivo en el patio |
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El diminuto y acogedor bar |
También me fascinan sus excelentes desayunos en su saloncito multicolor, con zumo de naranja recién exprimido, bollería y panes de Moisan, cafés Verlet, tés Kusmi... Ingredientes cuidados y de calidad para empezar bien el día.
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Atmósfera tonificante al comenzar el día |
Las 24 habitaciones y suites, con vistas sobre los tejados de París, exhiben una simplicidad meditada: una pared de color y el resto blancas, mobiliario de diseño, alguna pieza de anticuario, fotografías, litografías y carteles antiguos, y productos de bienvenida que no se esperan: agua mineral de Córcega (Saint Georges), chocolates Jean Paul Hevin y productos de tocador Fragonard.
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Sencillez a ultranza |
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Habitación gris y fucsia |
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Cuartos de baño bien aprovechados |
Y todo ello en un barrio fascinante, al pie de Montmatre, muy cerca de las Galeries Lafayette, justo detrás de la Place Saint Georges.
http://hotelarvor.com
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